Polvo
Una de las personas más autoritarias que conocí fue tía Amanda. Era prima hermana de mi abuelo materno. Vivía con Luisa, su madre, y Chelita, su hermana, en una fenomenal casa de tres plantas y un montón de metros cuadrados de fondo en Olivos, a unas cuadras de la residencia presidencial.
Luisa era una señora afable y dulce, de noventa y pico de años, que tomaba Jack Daniel's en una copita de cristal de Murano y fumaba en pipa. Le gustaba recordar historias viejas, de la Argentina del 900; historias de gauchos, muchachos de sociedad y costumbres olvidadas.
Chelita era muy simpática y relajada. Era coqueta -siempre estaba de elegantísimo sport-, muy culta e inteligente. Su charla era chispeante, con muchas segundas intenciones y pequeñas malicias. Había sido secretaria privada de un abogado que llegó a tener un cargo importante en un ministerio de la Libertadora, y se había enamorado de ese hombre hasta el punto de no haber formado nunca una pareja. Se veía que a Chelita le había costado sus lágrimas el tema, porque cada vez que íbamos a Olivos a mi hermana y a mí nos bajaban la orden de no preguntarle por qué no tenía hijitos.
Amanda era la que mandaba en aquella casa. Era sargentona. De hecho, lo tenía incorporado: había sido subgerente de personal en el Churruca. También soltera. Fue la primera mujer que ví con el pelo cortísimo, rapada a lo conscripto. Era blanco su pelo, pura cana, y sus facciones pedregosas, ausente el maquillaje, le daban un aire andrógino tirando a tortón. Encima, una oscura pelusa le bajaba desde las patillas hacia la pera, y a veces un tenue bigote le sombreaba el labio de arriba.
Enfrente de la casona estaba el cuartel de bomberos de Vicente López, y a unas cuadras la comisaría del barrio. Amanda sabía todo sobre ellos. Le encantaba hablar sobre seguridad, y leía con delectación las noticias policiales de "La Razón". Usaba mucho las palabras "abnegación", "sacrificio", "orden", "autoridad".
Su t.o.c. era la limpieza. Cuidaba los pisos de roble de Eslavonia encerados y lustrados como si fueran sus hijos. Los patines eran la ley. Hasta la venerable Luisa tenía que usarlos, porque si no... Odiaba el polvo. La he visto en mi casa, de visita, pasando el dedo por un estante de la biblioteca y limpiárselo con asco en un sillón, cuando creía que nadie la miraba. En su casa -lo juro- andaba con una franela en el bolsillo del pantalón, y en medio de una conversación se lustraba un adorno, el respaldo de la silla vacía de al lado, la cucharita del té.
Mamá la quería a Amanda. Menos que a Luisa y a Chelita, pero la quería. Papá, no. No la soportaba. Le hinchaban las pelotas el discurso represivo, el deseo de que los chicos fuéramos calladitos, limpios y obedientes, y los patines, claro. Cuando íbamos a Olivos se tomaba pequeñas venganzas: hacía como que no se daba cuenta de que la ceniza de su cigarrillo ya era de un largo que no se sostenía, y la dejaba caer al suelo entre disculpas, o rozaba sin querer una copa de vino y dejaba el mantel hecho una pena, o iba al baño sin patines. Amanda tampoco lo soportaba, por supuesto. Odiaba su informalidad, su barba, sus ideas zurdas, no poder ganarle jamás a la canasta y, obviamente, las pequeñas roñerías.
La mayor venganza de Papá sucedió después de leer un artículo de Isaac Asimov cuyo título era "El polvo de las edades". Leyó, releyó, subrayó y memorizó. Y esperó.
Un sábado cualquiera del '77, llegamos a la casona. Papá se puso los patines, tiró la ceniza en el cenicero y no volcó ninguna copa. Habló sobre su afeitada. Tan amable estuvo que hasta se dejó ganar a la canasta. Como el buitre paciente, esperaba. Y ocurrió.
Mi hermana y yo entramos corriendo desde el parque, y Amanda nos gritó "¡Qué les tengo dicho de los patines y la tierra que traen de afuera!". Papá empezó.
-¿Sabe, Amanda, que la atmósfera terrestre es más que nada polvo? ¿Y que todo el sistema solar es polvoriento? La cosa, Amanda, es que la Tierra larga todos los días, por la erosión, miles de millones de partículas que los vientos y brisas suben hasta las capas superiores de la atmósfera, hasta los 100 kilómetros de altura, y allí, por lo que se llama "fricción molecular", se prenden fuego y se vaporizan. Ese vapor, por el frío que hace ahí arriba, se condensa y vuelve a caer, en forma de polvo, a la Tierra.
Sacó del bolsillo de su camisa un papel y una lapicera y siguió.
-Uno de esos yanquis que andan al pedo por la vida se dedicó a calcular cuánto polvo hay desde acá hasta los 100 kilómetros de altura: hay, rodeando a la Tierra, unos 28 millones de toneladas. La mitad se posa cada año sobre la superficie, y la otra mitad anda volando de acá para allá. 14 millones parece un montón, pero no, Amanda. La Tierra tiene 510 millones de kilómetros cuadrados, así que cada año, en cada kilómetro cuadrado, se depositan apenas unos 25 kilos. Si un kilómetro cuadrado son 1 millón de metros cuadrados, y suponiendo que el terreno de esta casa tenga unos 640 metros cuadrados, de los 25 kilos de polvo anual acá apenas caerían 0,016 kilos, o sea, 16 gramos. Imagínese ahora que con esos 25 kilos de polvo fabrica un cubo. Ese cubo tendría unos 15 centímetros de lado, lo que darían unos 3.300 centímetros cúbicos de polvo. Si en un kilómetro cuadrado hay 10.000 millones de centímetros cuadrados, la capa de polvo será de apenas 0,00000033 centímetros de alto, y si en este terreno hay 6 millones y medio de centímetros cuadrados, entonces acá la capa no superará los 0,00000000021 centímetros, nomás. Apenitas la quinta parte de un diezmillonésimo de centímetro. Nada. Nadísima de nada de la nada misma.
Dobló el papelito con las cifras garabateadas y lo devolvió, junto con la lapicera, al bolsillo.
-Eso, si, Amanda: haga lo que haga -llámese patines, franelas, escobillones, aspiradoras, burletes en las ventanas-, el polvo va a seguir estando. Usted va a limpiar, se va a dar vuelta, y el polvo va a empezar otra vez a hacer su trabajito. Hace 4.500 millones de años que pasa, y seguirá pasando hasta que el Sol se apague, en unos 2.500 millones de años más. Así que no se haga más malasangre.
Ahí terminó. Fue entonces que se levantó y dijo "permiso, voy al baño". Usó los patines para ir. A Chelita y a Luisa les brillaban los ojitos de la risa in pectore. Mamá, mientras, encendió un cigarrillo. Amanda se quedó callada un largo rato, juntando miguitas imaginarias del mantel. Después, preguntó si alguien quería café. Sin esperar que le contestaran, se fue para la cocina.
No usó los patines.

Impecable. Como siempre.
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